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Los cuadernos de Montse Lorenzo, (Noega)

El macabro “tesoro” de los Capuchinos de Palermo

octubre8

A raiz de escuchar la historia que recientemente nos ha contado Fernando en SInLaVeniA, recordé un documental que vi hace muchos años, relativo al proceso de momificación en el antiguo Egipto, y que trataron de emular un grupo de investigadores americanos.

Durante la búsqueda, infructuosa hasta el momento, me topé con la historia de las Catacumbas de los Monjes Capuchinos de Palermo, Italia, que me ha sorprendido y quiero compartir con quienes tengáis a bien leer esta entrada.

El origen de las catacumbas de los Capuchinos de Palermo (Sicilia), se remonta a 1599, año en que los sacerdotes locales momificaron el cuerpo de un monje, el Hermano Silvestro de Gubio, considerado  santo, para poder rezarle tras su muerte.

Comenzaron así las excavaciones, bajo el altar de la Iglesia, para ampliar el espacio primitivo, ya que se quedaba pequeño, y trasladar los cuerpos de los hermanos fallecidos a otro lugar, dejando así un espacio vacío que serviría como refugio u hospital para los viajeros llegados a Palermo.

En el momento de retirar los cuerpos para proceder al traslado, los padres capuchinos se percataron de la idoneidad del terreno en el que habían estado trabajando. Un gran número de cuerpos, enterrados sin caja, directamente sobre la tierra, conservaban una carne flexible, momificada, debido a las condiciones del terreno, seco y con corrientes de aire. Esta condición, unida a las técnicas utilizadas para embalsamar y cuidar los cuerpos, evitaron que entrasen en proceso de putrefacción.

Aunque en un principio las personas ajenas a la congregación no podían ser enterradas junto a los monjes,  en el siglo XVII, y debido al traslado de los conventos a la periferia de las ciudades,  el derecho de sepultura se salvaguardaba cediendo algún terreno o edificio para la construcción de los templos. De este modo los vecinos conseguían garantizar la conservación de sus familiares del mismo modo que los monjes, así que que en poco tiempo se reunieron cientos de cadáveres. Algunos de los difuntos, dejaron testimonio en vida, de las ropas con las que se querían embalsamar (e incluso cambiar pasado un tiempo),  mientras otros, ataviados con sencillas vestiduras, apenas mantienen hoy en día unos desvencijados harapos, representativos de la época en que fallecieron. También se conservan ataúdes con los cuerpos de los difuntos en su interior, aunque en determinados casos, únicamente se muestra el rostro.

Pero no todos los cadáveres que se recogen, han podido conservarse por igual. Algunos cuerpos han perdido la carne y son esqueletos, otros por el contrario, se han momificado tan bien que guardan carne, pelo e incluso ojos. Pero el paso del tiempo no perdona, y la gravedad también hace de las suyas. En los últimos años, algunos cuerpos han perdido alguna extremidad, un trozo de cráneo e incluso mandíbulas.

En lo que a infantes se refiere, la mayoría de ellos posan, como es el caso de dos niños que están sentados en una mecedora. Pero el caso más impactante es el de Rosalía Lombardo, “La bella durmiente” de las catacumbas. Fallecida en el año 1920, ha sido uno de los últimos cadáveres que se han incorporado a la cripta y extrañamente, el mejor conservado.

El responsable del embalsamamiento de Rosalía Lombardo, fue el Doctor Solafia, que se llevó el secreto de su obra a la tumba, aunque se cree que, logró mantener el estado de la niña a base de inyecciones de productos químicos, a diferencia del proceso de embalsamamiento habitual.

Los cuerpos de los difuntos, se clasifican por género y en hileras. Existen, a parte de los hombres, mujeres y niños, monjes, vírgenes y profesionales, entre los que se encuentran jueces, profesores, abogados, militares ataviados con uniformes napoleónicos, escritores y sacerdotes..

En lo que a la técnica de embalsamamiento se refiere, la habilidad de los monjes, unida a las ya comentadas condiciones del subsuelo, consiguieron que el estado de conservación de los cuerpos fuese inmejorable. Según se sabe, los cadáveres se colocaban en un baño de arsenico (para evitar que el cuerpo se deteriorase) o cal, según el caso, siendo esta última la técnica más utilizada en épocas de epidemia. Hay casos, como el del Dr. Solafia en los que se utilizan productos químicos, aunque lo más común es deshidratar los cuerpos dejándolos en una serie de pasillos con celdas a modo de “coladores”, durante ocho meses, tras los cuales se retiraban y limpiaban con vinagre antes de exponerlos.

Entre 1866 y 1897, el Ayuntamiento de Palermo se hizo cargo de las Catacumbas, debido a la expulsión de los monjes motivada por una orden de exclaustración. En estos 31 años, los cadáveres allí recogidos, se deterioraron, al no recibir los cuidados que les proferían los miembros de la congregación. Afortunadamente, en 1897 lograron regresar y comenzaron a restaurar los daños que sufrieron las catacumbas y los propios cuerpos.

Para eliminar las humedades y hongos, surgidas a lo largo del periodo de exclaustración, se sirvieron de telas de saco llenas de paja, aunque nada se pudo hacer con aquellos daños motivados por el fuego durante la segunda guerra mundial, que arrasó parte de las bóvedas. Además, en 1966 la pavimentación de las calles anexas provocó la aparición de humedades.

A partir de ese año, se decidió colocar redes metálicas para proteger los cuerpos, de las manos de los visitantes que se acercan a contemplar este peculiar museo. A día de hoy, todavía pueden visitarse y sentir, en primera persona, esas peculiares condiciones que caracterizan el subsuelo de Palermo, junto a sus silenciosos y tranquilos pobladores..

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Publicado en Lugares, Varios
un comentario en

“El macabro “tesoro” de los Capuchinos de Palermo”

  1. En octubre 9th, 2008 a las 1:08 am Dabo Dice:

    Impresionante el post, no sólo por el contenido sino también por las imágenes que lo acompañan y aderezado con un buen tema musical -;)

 

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